Recuerdo
estos días de Julio hace dos años, en medio de todos los exámenes, encerrado en
el piso de mi padre con el aire acondicionado puesto y aprovechando la brisa de
unos largos atardeceres en medio de una cuarentena y una situación familiar
difícil. Miro hacia atrás y no los veo negativos, los veo como una experiencia
más en el juego de la vida. Recuerdo que en esa época estaba destrozado, la
cuarentena me succionaba el alma, cambió un estilo de vida y una motivación que
llevaba dentro de mí muy interiorizada.
Ese
año estaba cursando la carrera en Salamanca. Estaba siendo de los mejores años
de mi vida. Todavía pienso que será uno de los mejores años de mi vida. Era la
primera vez que vivía solo, que me enfrentaba a los problemas que suponen vivir
en un piso de estudiantes. Manu fue un gran apoyo para mi en cuanto a la
convivencia del piso. Aunque seguramente ambos acabáramos hasta el sombrero del
otro, repetiría la convivencia sin duda alguna. Me enfrentaba también a la
gestión del dinero, a obligarme a socializar, conocer gente, relacionarme,
hacer amigos, explorar una nueva ciudad. Era perfecto.
La
cuarentena rompió ese ritmo de vida, destrozó mi nuevo modus vivendi. Me
impidió terminar el año, experimentar el final de curso en Salamanca, sus
fiestas, la presión de los exámenes en la biblioteca con mis compis, el compartir
chocolatinas en los momentos de agobio. Aun así, lo peor fue la despedida. No
hubo despedida.
Dos
años después, aquí estoy, en otra ciudad; Granada. Encerrado en la biblioteca,
con la presión de los exámenes, compartiendo cafés y porquerías, comiendo en el
comedor de la universidad y viviendo experiencias similares a las que compartí
en Salamanca. Me encanta esto de sentirme activo, de sentirme útil, de indagar
en mi persona, de conocer gente, de vivir solo, de conocerme a mí mismo. Pero
pronto se acaba. Me quedarán aquí dos semanas como mucho. Volveré a casa,
tendré que volver a acostumbrarme a estar con mis amigos, con la gente de mi
barrio, a convivir con mis padres y mi hermana, etc.
Es
curioso porque, aquí en Granada si me podré despedir de la gente que he
conocido. En Granada podré disfrutar de esa experiencia amarga que es el
despedirse, el saber que ya no habrá una rutina diaria de biblioteca, cerveza,
miradores y tardes y tardes hablando de temas absurdos. Es una experiencia que
no quiero conocer, que ya la debería conocer, que dentro de mi hay algo que se
niega a aceptarla.
Al
final, es algo que forma parte de nuestro paso por el mundo. Crecer, significa
prosperar y para prosperar hay que enfrentarse a conocer, a querer, a entablar
amistades y a saber despedirse. Crecer es conocerse mejor a sí mismo, ver tus
puntos débiles y mejorarlos para que sean fuertes. Romper tus escudos para
poder levantarse con menos peso.
Mi
paso por Salamanca me hizo crecer. Joaquín, Ainhoa, Emma, Pisi, Manu, Sara,
Elena, Ana y mucha más gente, me hicieron y me hacen crecer. Por mi paso en
Granada, me hacen crecer Darío, Juanjo, Germán, Antonio, Julia, Ángela, Manu…
Ojalá poner todos los nombres aquí, pero no pretendo tampoco hacer una lista de
clase, no me gusta ser el delegado. En la distancia, siguen haciéndome crecer
mis amigos de Sevilla, del pueblo, mi familia. Mi gente, que sé que cuando
vuelva a mi zona de confort estará ahí siempre. He conseguido crear vínculos
que no se romperán por una distancia. Que vivir consiste en conocer y en
despedirse. Al principio, será un sabor amargo y pasaré una etapa en la que
estaré constantemente pensando en volver, ya la conozco. Pero al final, será el
tallo de un gran árbol, siendo el tronco toda la gente que voy conociendo en el
camino y todas las cosas que uno aprende al vivir fuera de casa. Falta mucho y
muchas experiencias, pero ese árbol irá dando unos frutos preciosos, que serán
la esencia de lo que llamamos vida.

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