Según la Real Academia Española, un río es una corriente natural de agua que fluye permanentemente y va a desembarcar a otra, a un océano o al mar. ¡Qué maravillosa es la mera existencia de los ríos! Son muy parecidos a nosotros, pues nacen, crecen, conocen a otros ríos (a los que nosotros llamamos afluentes) se relacionan con el medio - de hecho forman parte de él - y acaban muriendo en sus desembocaduras. Los ríos hablan, preguntadle si no me creéis a Siddhartha, cuentan historias antiguas de aventuras, susurran crónicas de castillos, de tribus indígenas y a veces de vampiros. Hay ríos que evocan dragones, demonios y algunos incluso guardan en sus selvas ciudades perdidas de oro. Los ríos al igual que las personas están contentos, tristes, enfadados, alegres y en calma. Con estímulos naturales como las lluvias torrenciales se crecen, aunque también se apagan con grandes sequías. Pero ahí están, en nuestro mundo, como cualquier otro accidente geográfico que se nos ocurra.
Los ríos han dado la vida a los humanos, han regado (y lo siguen haciendo) nuestras cosechas y también han servido como fronteras para los Estados. Hemos navegado por ellos, construido puentes, historias y cuentos. También hemos tenido relaciones tóxicas pues no todo lo que le damos al río es positivo y no todas las crecidas o sequías que tienen nos benefician.
Imagino que la propia naturaleza hace que los humanos puedan parecerse a los ríos, como los árboles ¿Recordáis cuándo nos identificamos con un árbol? Un roble fuerte, un naranjo cercano o un cactus solitario. Los ríos se pueden sentir solos, grandes, pequeños, útiles y desechables.
Supongo que al final el significado que le demos no depende de ellos. Si pudieran escribir lo sabríamos, pero por ahora, solo podemos acercarnos a contemplar el sonido del agua e interpretarlo de una manera metafórica. Al fin y al cabo, es una pena que el guion que nos preparamos para afrontar la semana no dependa de lo que pensamos racionalmente, igual que un río que pasa por una ciudad no depende de sí mismo para estar limpio o contaminado. Siempre y en cualquier situación hay un agente externo, aunque a veces seamos nosotros mismos.
Al igual que las personas, tienen un camino. El agua no sabe de dónde viene o
hacia dónde va. Puede acabar en el estómago de un ser vivo, en forma de nube,
desechada por culpa de una industria textil o en una pistola de agua de un niño
en un cumpleaños. Puede acabar en cualquier lugar y es que la propia existencia
nos dota de esa incertidumbre.
Hay veces que estamos mucho más débiles mentalmente e intentamos estar ocupados la mayor parte del tiempo para apartar de nuestra cabecita cualquier pensamiento que pueda resultarnos negativo. Es entonces cuando no queremos escuchar solo el sonido del agua, sino ver su forma y estar ocupados imaginando qué podemos ser y qué no. Pero cuando el agua se esclarece, se vuelve cristalina y se empiezan a ver las piedras y los peces, se siente la paz, el sosiego, la tranquilidad. Cuando aclaramos la mente, sentimos la calma, entramos en armonía, dejamos atrás las guerras internas, el dolor y la polémica. Nos sentimos bien con nosotros mismos, con nuestros seres queridos, nos encontramos. Incluso acabamos descubriendo el Dorado, los dragones y las batallas de la antigüedad. Mola cuando acabas encontrándote, pues intentas sonreír. Me río y si la vida se ríe, que todo fluya.
Enrique Pérez Gutiérrez