domingo, 24 de octubre de 2021

Ríos de vida


Según la Real Academia Española, un río es una corriente natural de agua que fluye permanentemente y va a desembarcar a otra, a un océano o al mar. ¡Qué maravillosa es la mera existencia de los ríos! Son muy parecidos a nosotros, pues nacen, crecen, conocen a otros ríos (a los que nosotros llamamos afluentes) se relacionan con el medio - de hecho forman parte de él - y acaban muriendo en sus desembocaduras. Los ríos hablan, preguntadle si no me creéis a Siddhartha, cuentan historias antiguas de aventuras, susurran crónicas de castillos, de tribus indígenas y a veces de vampiros. Hay ríos que evocan dragones, demonios y algunos incluso guardan en sus selvas ciudades perdidas de oro. Los ríos al igual que las personas están contentos, tristes, enfadados, alegres y en calma. Con estímulos naturales como las lluvias torrenciales se crecen, aunque también se apagan con grandes sequías. Pero ahí están, en nuestro mundo, como cualquier otro accidente geográfico que se nos ocurra.

Los ríos han dado la vida a los humanos, han regado (y lo siguen haciendo) nuestras cosechas y también han servido como fronteras para los Estados. Hemos navegado por ellos, construido puentes, historias y cuentos. También hemos tenido relaciones tóxicas pues no todo lo que le damos al río es positivo y no todas las crecidas o sequías que tienen nos benefician.

Imagino que la propia naturaleza hace que los humanos puedan parecerse a los ríos, como los árboles ¿Recordáis cuándo nos identificamos con un árbol? Un roble fuerte, un naranjo cercano o un cactus solitario. Los ríos se pueden sentir solos, grandes, pequeños, útiles y desechables.

Supongo que al final el significado que le demos no depende de ellos. Si pudieran escribir lo sabríamos, pero por ahora, solo podemos acercarnos a contemplar el sonido del agua e interpretarlo de una manera metafórica. Al fin y al cabo, es una pena que el guion que nos preparamos para afrontar la semana no dependa de lo que pensamos racionalmente, igual que un río que pasa por una ciudad no depende de sí mismo para estar limpio o contaminado. Siempre y en cualquier situación hay un agente externo, aunque a veces seamos nosotros mismos.

Al igual que las personas, tienen un camino. El agua no sabe de dónde viene o hacia dónde va. Puede acabar en el estómago de un ser vivo, en forma de nube, desechada por culpa de una industria textil o en una pistola de agua de un niño en un cumpleaños. Puede acabar en cualquier lugar y es que la propia existencia nos dota de esa incertidumbre.

Hay veces que estamos mucho más débiles mentalmente e intentamos estar ocupados la mayor parte del tiempo para apartar de nuestra cabecita cualquier pensamiento que pueda resultarnos negativo. Es entonces cuando no queremos escuchar solo el sonido del agua, sino ver su forma y estar ocupados imaginando qué podemos ser y qué no. Pero cuando el agua se esclarece, se vuelve cristalina y se empiezan a ver las piedras y los peces, se siente la paz, el sosiego, la tranquilidad. Cuando aclaramos la mente, sentimos la calma, entramos en armonía, dejamos atrás las guerras internas, el dolor y la polémica. Nos sentimos bien con nosotros mismos, con nuestros seres queridos, nos encontramos. Incluso acabamos descubriendo el Dorado, los dragones y las batallas de la antigüedad. Mola cuando acabas encontrándote, pues intentas sonreír. Me río y si la vida se ríe, que todo fluya.









    Enrique Pérez Gutiérrez

martes, 12 de octubre de 2021

Mi hispanidad

 Me apena entrar aquí solo cuándo lo necesito y no cuándo me apetece. Digamos que esto para mi es como el típico libro en blanco de un escritor intensito y bohemio de una película de Bertolucci, pero sin tiros y sin dramas familiares más allá de tener muchos días buenos y algunos malos. Me encuentro al final siempre en el mismo punto. No sé qué escribir, esa piedrecita del camino estaba antes de partir y estará cuándo esté de vuelta.

 La realidad de un día como hoy, donde queda mucho por hablar del mismo tema y donde parece que la disparidad de opiniones hace que se aleje la solución mucho más que de encontrarla. Supongo que el día de la Hispanidad para la mayoría de los hispanohablantes simplemente es un día más en el calendario, donde algunos calmarán sus preocupaciones con fiestas y otros aliviarán sus ansias de protestas con representaciones, que más allá del día de hoy quedarán dispersas en este océano de palabras, discursos, escritos, podcast, tweets y cualquier manera de expresión que se os ocurra. Pero esto también será un porcentaje tan ínfimo de la población que hasta me da vergüenza haberle dedicado un par de frases.

 La mayoría imagino que a estas horas habrá estado pensando qué cenar, cómo afrontar la semana, qué hacer el día de mañana y qué hacer el día de pasado mañana. Las celebraciones nacionales no tendrían que ser un indicativo de orgullo nacional. No sé, quizás el orgullo nacional este año se lo tengan que llevar los hospitales. Quizás también acordarse de las personas que han perdido su casa en la Palma, personas a las que creo que hoy les da igual el día que sea, sea el día de la Hispanidad, sea Semana Santa o el día del orgullo.

Pero bueno, son cosas que pasan y que se celebran. Para mi hoy ha sido un día de limpieza, un día de esos que estoy feliz pero que estoy fuera. Es un día que echo de menos a mi gente y mi familia, dando igual el día que sea. Ayer no me acordaba y hoy sí. Y me prometo en falso a mí mismo que todos los días voy a llamar, que todos los días voy a escribir y que todos los días voy a hacer algo del palo. Y claro que me lo prometo, igual que siempre me prometo escribir con un estilo super culto y catedrático. Pero cada vez me doy más cuenta que el trasmitir no es escribir mejor, sino llegar mejor, y que estar fuera no es escapar, sino aprender a echar de menos, pues mientras más viejos seamos más recuerdos tendremos, más gente conoceremos y más gente dejaremos. Que, llega un momento donde la vida te quita más cosas de las que te da, pero todavía no estamos en esa etapa, falta mucho. Y para qué voy a buscarle un sentido a algo cuando al fin y al cabo es buscar problemas que no existen.

¡Pero oye! Parece que estoy como triste o como super intensito, no penséis eso, estoy a gusto, dando un paseo y pensando que me voy a hacer de cenar esta noche y qué me haré de almorzar mañana. La vida al final es el tiempo que transcurre mientras vas pensando qué vas a comer mañana para no comer lo mismo que ayer.



Enrique Pérez Gutiérrez


              


sábado, 3 de julio de 2021

3 de julio de 2021

 

Hoy, es tres de julio de 2021. Es sábado. El primer sábado de muchos que comienzan las vacaciones de verano y el primero de otros que tendrán un duro mes de trabajo con calor y mucho turismo en Andalucía. Para mí, es un día que termina y que ha servido para darle un último tirón a los exámenes que este año se han atrasado. Estoy cansado de estudiar como lo estará todo el mundo que esté como yo a estas alturas, pero es un tres de julio alegre. Es un tres de julio en el que solo tengo que preocuparme por los exámenes.

El año pasado, cuando empezó el mes de julio tuve que construir un muro de seguridad para aislar mis miedos a mis seres queridos. El comienzo del verano de 2020 implicaba el fin de un confinamiento y el inicio de un duro tratamiento para uno de mis seres más queridos. Tendré siempre la incertidumbre del nivel de apoyo que pude brindar. Podría haber sido más, o podría haber sido distinto. Quizás no estaba preparado para hacerlo.

Sin embargo, he aprendido que estos problemas nunca tendrán una solución absoluta. El ser humano no debería estar preparado para ser sometido a estas presiones. !Y parezco yo la víctima!

Hoy, un año después, me encuentro estudiando en la terraza. Está cayendo el Sol y estoy solo. Mi hermana está en casa de mi padre, seguramente con sus amigas y sus amigos. Mi padre está en la comunión del hijo de mi prima Elena. Y, mi madre, seguramente esté en el Mesón del pueblo, riéndose con sus amigos y sus hermanas. Joder mamá, es hora de tirar ese maldito muro, porque ya no le tengo miedo a mis pensamientos. No sé si lo habré hecho bien o mal, pero ya te ha crecido el pelo y ríes sin esforzarte. Es hora de disfrutar un poco, de pensar en el futuro, de irme a Granada y tener uno de los mejores años de mi vida. Es hora de tener esa esperanza que todo el mundo critica, una esperanza alegre, que no aprisiona, que no ahoga, que corta las cuerdas y que abre las puertas a un futuro con vida. Es hora de llorar de alegría, de no forzar las sonrisas, de tener ganas y de pasar página, de disfrutar las piscinas del pueblo, las charlas en las terrazas a la caída del sol, de los abrazos, del contacto social, de los besos, las caricias, de vivir.

 


Enrique Pérez Gutiérrez.

jueves, 8 de abril de 2021

¿Seré yo?

Si tuviéramos que dotar a la época actual de una única característica, sin duda alguna, la dotaría del proceso informativo al que estamos sometidos las personas. La información hoy en día no es ver una noticia y salir a la calle a tomarse una cervecita. La información, a día de hoy, es un constante bombardeo de noticias disparadas a la velocidad de una Johnson.

Un día normal, te levantas y lo primero que haces es mirar el móvil. Veamos qué noticias hay hoy en Twitter y en Facebook. Miremos también qué hacen mis amigos en Instagram, o cuales son las nuevas tendencias de Youtube (que por supuesto verás tras pasar dos anuncios del nuevo videojuego MMORPG y la nueva depiladora láser de Amazon). Todo es un proceso cotidiano. Te levantas, te lavas la cara, te preparas el café y pones la televisión mientras miras en Twitter las noticias sobre la pandemia, Astrazeneca y las disputas de Vallecas. Y no puedes olvidar mirar la hora, que tienes que salir de casa para trabajar o conectarte de nuevo al ordenador para ir a clases. Todo esto es normal ¿verdad?

El problema viene cuando terminas el día, acabas de noticias hasta la coronilla y te dispones a ver tu serie favorita de Netflix o abres el libro que quieres leer. Así todos los días, hasta que llega el viernes. Por fin viernes ¿no?

Pues llega el viernes y discutes con tu familia mientras almorzáis todos juntos, lo que es algo muy normal, pues los padres siempre van a querer algo bueno para ti y te van a echar en cara cincuenta mil veces las cosas que no haces bien. Pero peor aún, es la hora de arreglarte y salir y te pones a discutir con los amigos porque sois más de seis personas y el gobierno actual, por culpa de la pandemia, no permite reuniones de más de seis personas. Ahora quién entra y quién sale, quién va al café y quién va a la cervecita. Todo esto es un cúmulo de sensaciones que empiezan a hacer bola, que empiezan a cabrearte. Lo peor de todo es que te das cuenta cuando en tan solo un mes, has tenido cinco peleas, cuatro disputas y tres bombas de humo. ¿Seré yo? ¿Serán los demás que no me entienden? Quizás me explico como el culo. Quizás esta pandemia y esta situación me está volviendo antisocial o paranoico.

Pues eso pasa, que estamos todos y todas hasta arriba, cada uno con sus cosas, no menos importantes las unas que otras, ni menos serias. Estamos hasta arriba en el sentido de que, si antes vivíamos para conseguir un mínimo de aceptación y tranquilidad para tomarte una cerveza e irte a una fiesta en paz tras haber hecho tus deberes, ahora, haces los deberes y a dormir.

Yo muchas veces me siento mal. Si no me sintiera mal no estaría escribiendo este rollo que luego publicaré en Twitter e Insta para sentirme cercano a gente que piense igual. Estamos cansados. La gente se cansa si no le das un motivo por que el que hacer las cosas. Aunque ese motivo sea la libertad de tomarte una cerveza con tus amigos y hablar de las tonterías que se hablan siempre sin tener que preocuparte a quién vas a ver o no.

Yo hoy me he dado cuenta de esta crispación social. Si en la política pasa, imagínate en los grupos de amigos. Es una pena, pero pasa. Y creo que la solución del problema está en aceptar que estamos amargaos y que estamos constantemente añorando como era el 2019 y las cosas que hacíamos antes de la pandemia. Una vez lo aceptemos, no vas a dejar de discutir o pelearte, pero quizás vas a poder pedir perdón más a menudo y mermar esa crispación a la que estamos sujetos por esta presión desconocida que vivimos. Además, que sienta bien pedir perdón. Aunque sea por un conflicto minúsculo. Hablando es como no nos matamos. 




Enrique Pérez Gutiérrez. 


Solo es domingo

Hoy siento que es una noche un poco más especial. En realidad, es una noche más del año, pero te hace ser más reflexivo de lo normal. Cumplo...