Si tuviéramos que dotar a la época actual de una única característica, sin duda alguna, la dotaría del proceso informativo al que estamos sometidos las personas. La información hoy en día no es ver una noticia y salir a la calle a tomarse una cervecita. La información, a día de hoy, es un constante bombardeo de noticias disparadas a la velocidad de una Johnson.
Un
día normal, te levantas y lo primero que haces es mirar el móvil. Veamos qué
noticias hay hoy en Twitter y en Facebook. Miremos también qué hacen mis amigos
en Instagram, o cuales son las nuevas tendencias de Youtube (que por supuesto
verás tras pasar dos anuncios del nuevo videojuego MMORPG y la nueva depiladora
láser de Amazon). Todo es un proceso cotidiano. Te levantas, te lavas la cara,
te preparas el café y pones la televisión mientras miras en Twitter las noticias
sobre la pandemia, Astrazeneca y las disputas de Vallecas. Y no puedes olvidar
mirar la hora, que tienes que salir de casa para trabajar o conectarte de nuevo al
ordenador para ir a clases. Todo esto es normal ¿verdad?
El
problema viene cuando terminas el día, acabas de noticias hasta la coronilla y
te dispones a ver tu serie favorita de Netflix o abres el libro que quieres
leer. Así todos los días, hasta que llega el viernes. Por fin viernes ¿no?
Pues
llega el viernes y discutes con tu familia mientras almorzáis todos juntos, lo
que es algo muy normal, pues los padres siempre van a querer algo bueno para ti
y te van a echar en cara cincuenta mil veces las cosas que no haces bien. Pero
peor aún, es la hora de arreglarte y salir y te pones a discutir con los
amigos porque sois más de seis personas y el gobierno actual, por culpa de la
pandemia, no permite reuniones de más de seis personas. Ahora quién entra y
quién sale, quién va al café y quién va a la cervecita. Todo esto es un cúmulo
de sensaciones que empiezan a hacer bola, que empiezan a cabrearte. Lo peor de todo es que te das
cuenta cuando en tan solo un mes, has tenido cinco peleas, cuatro disputas y
tres bombas de humo. ¿Seré yo? ¿Serán los demás que no me entienden? Quizás me
explico como el culo. Quizás esta pandemia y esta situación me está volviendo
antisocial o paranoico.
Pues
eso pasa, que estamos todos y todas hasta arriba, cada uno con sus cosas, no
menos importantes las unas que otras, ni menos serias. Estamos hasta arriba en
el sentido de que, si antes vivíamos para conseguir un mínimo de aceptación y
tranquilidad para tomarte una cerveza e irte a una fiesta en paz tras haber
hecho tus deberes, ahora, haces los deberes y a dormir.
Yo
muchas veces me siento mal. Si no me sintiera mal no estaría escribiendo este
rollo que luego publicaré en Twitter e Insta para sentirme cercano a gente que
piense igual. Estamos cansados. La gente se cansa si no le das un motivo por
que el que hacer las cosas. Aunque ese motivo sea la libertad de tomarte una
cerveza con tus amigos y hablar de las tonterías que se hablan siempre sin
tener que preocuparte a quién vas a ver o no.
Yo
hoy me he dado cuenta de esta crispación social. Si en la política
pasa, imagínate en los grupos de amigos. Es una pena, pero pasa. Y creo que la
solución del problema está en aceptar que estamos amargaos y que estamos
constantemente añorando como era el 2019 y las cosas que hacíamos antes de la
pandemia. Una vez lo aceptemos, no vas a dejar de discutir o pelearte, pero
quizás vas a poder pedir perdón más a menudo y mermar esa crispación a la que
estamos sujetos por esta presión desconocida que vivimos. Además, que sienta bien pedir perdón. Aunque sea por un conflicto minúsculo. Hablando es como no nos matamos.
Enrique Pérez Gutiérrez.

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