Lo mismo de siempre, me cuesta escribir
últimamente. Supongo que la falta de sueño, el cansancio físico y estar patas
arriba semana si y semana también están haciendo mella en mis ideítas, que no
son pocas. Y es que, qué poderosa es la persona capaz de poner claridad en sus
pensamientos y capaz de guardarlos de alguna forma, sea escribiéndolos o
contándolos en una canción. Expresándolos de cualquier forma artística, porque
si, expresarse siempre ha sido arte.
Desde las primeras manifestaciones
que tenemos de la especie humana, esas pinturas rupestres que nos mostraban los
miedos, la conciencia y las dudas de los grupos sociales que vivieron aquellos
tiempos, hasta la máxima plenitud del Renacimiento. Con historias mitológicas
que se llevaban al ámbito personal, con ideas que reflexionaban acerca de
nuestra existencia, de Dios, del control del poder, y de la capacidad creativa
del hombre. El arte siempre ha sido la simple expresión de una idea, o al
revés, una idea que siempre se ha logrado expresar.
Pero yo no sé dibujar, daría vergüenza,
por eso escribo y supongo que por eso comprendo mínimamente lo complicado que
es desnudarse al exterior. Así, últimamente paso muchísimo tiempo con mi mente,
hablando con ella más que nunca y, aun así, es cuando más confuso me encuentro.
Siempre ha rondado por mi cabeza la sensación de si estoy o no haciendo las
cosas bien. De hecho, seré un pesao, pues constantemente cuando escribo
es el monotema del que trato, pero también muestra la evolución de que con los
años sigo pensando lo mismo, una y otra vez y no llego a un destino. Y es
curioso porque, habiendo estudiado historia, casi todas las propuestas de
conversación que circulan entorno a mi círculo académico me dan tirria y pereza;
y no me llenan. Son conversaciones que constantemente giran en mirarse el culo
a uno mismo, que pretende demostrar que entiende más de las revueltas
campesinas de la Edad Media que tú. En cambio, disfruto muchísimo una
conversación “vacía”.
Ayer mismo, uno de los compañeros
con los que compartí bastantes horas, estuvo contándome experiencias de su
trabajo. Unos muchachos que pretendían robar un almacén le amenazaron, pero
como él no cobraba lo suficiente, les dijo que hacía la vista gorda, que no iba
a detener a nadie ni poner en manos de Dios su salud por ocho euros la hora. ¿Qué
hiciste? ¿Cómo te sentiste luego? ¿Le has contado esto a tu familia? ¿En algún
momento te has replanteado cambiar de trabajo, o siempre te ha dado miedo dar
el salto? Eran las preguntas que rondaban mi cabeza. Y, entre que mandabas a
los borrachos que se te acercaban a otra parte, así pasaban las horas muertas.
Recuerdo las tardes de verano al
salir de Carrefour, con mis compañeras hablando de las cosas raras que hace la
gente en el simple acto de pasar comida por la cinta. “En los tres minutos
que he estado pasando la caja, me ha contado su vida, que, si estaba opositando,
pero su novio le puso los cuernos, entró en depresión y abrió un negocio”.
Y así decenas y decenas de tardes. Conversaciones vacías según algunos, pero
llenas de rutina y de experiencias.
Y si me leéis diréis, ¿Qué co*o
tiene que ver lo que has contado al principio con esto? ¿Qué tiene que ver el arte?
Pues supongo, de nuevo, que no se
contestar ni terminar la conclusión. Creo que la capacidad que tiene el ser humano
de hacer cosas simples, rutinarias y banales es lo que forma parte de todo. Que
cosas simples puedan llenar el corazón de alguien significa que somos muchísimo
más sencillos de lo que nos empeñamos en querer desacreditar. Que no somos
seres de luz y únicos, iluminados por una conciencia colectiva mayor y superior.
Que todo lo real se muestra en actos sencillos. El esfuerzo de levantarse por
las mañanas y superar esa pereza para hacer deporte o para ir al trabajo. Llegar
a casa y recibir un cariñoso saludo de tu perro. Sentarte a leer en la misma
habitación donde está la persona que quieres, sin tener contacto, estando,
disfrutando el momento por el simple hecho de estar. Disfrutar una comida, un paseo,
una carrera, un olor. Una misma conversación que tienes día sí y día también,
pero que, además, cuando te encuentras con esa persona, la vuelves a tener
porque no disfrutas solo la conversación, sino el tenerla con esa persona.
Todo, todo lo que pueda escribir,
no es ni una mísera parte de lo que vivimos día a día. De todo lo que vivimos
de manera aburrida. De todo lo que pensamos cuando estamos en el autobús camino
al trabajo, o de cuando descansamos entre series en el gimnasio, o del tiempo
que pasamos caminando, en el tren, etc.
Todo eso, el que es capaz de trasmitirlo, de la manera que sea, es arte. Es el arte de convertir lo de siempre en algo eterno. Describir, un simple abrazo, en sí, me parece una locura. Y no sé, exprimir algo sencillo, hasta llegar a disfrutarlo, es lo que más vamos a vivir, y aprender a disfrutarlo, es un objetivo.

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