Supongo que las ganas de escribir
se incrementan con la acumulación de ideas y la propia falta de tiempo para
poder expresarlas. Las prioridades dejan de ser escribir en el blog y pasan por
adelantar el trabajo de fin de grado, los apuntes de clase, las lecturas que
hay que leerse, ir al cine, tomarse una cerveza, dos, tres, cuatro… La cuestión
es que esa idea quizás es solo una frase apuntada en las notas del móvil que
deberá esperar ahí el tiempo suficiente para ser explotada.
Cientos y cientos de ideas rondan
mi cabeza. Escribir una carta a mis abuelos, expresar por escrito lo que pienso
del conflicto ruso – ucraniano, organizar los sentimientos que he adquirido
sobre mis años de estudio en la carrera de historia, mis propios sentimientos
personales que nunca cuento salvo cuando me presento ante el folio en blanco,
explicar lo que pienso sobre las expresiones formales y coloquiales, comentar
mis viajes, mis aventuras y mis experiencias en Granada, recordar los tiempos
de Salamanca, hablar sobre qué despertó en mi el ver esa película, contar qué me hizo sentir esa canción, esa historia que conocí sobre una fuente de una
plaza del centro, veinte mil conversaciones conmigo mismo, etc. Al final, esas
frases escritas con falta de ortografía en las notas del móvil se transforman,
otras veces se quedan ahí, esperando. Y que esperen.
Ayer cumplí veinticinco años. Es
una idea que lleva apuntada en el móvil mucho tiempo y es tan sencilla que me
cuesta escribirla. Me decía a mí mismo “tío, veinticinco años y ¿qué coño haces
con tu vida?”. Veinticinco años y sigo en la carrera, estancado, viendo como
mis amigos avanzan, como comienzan a trabajar, comienzan a opositar, a mantener
relaciones. En realidad, seguimos todos inmersos en las mismas cuestiones.
Quien no sufre por su relación sentimental y se siente super cómodo consigo
mismo, está jodidísimo en el trabajo. Quien está super cómodo en el trabajo, se
acuesta a las tres de la mañana mirando conversaciones antiguas con su exnovia.
Quien está cómodo con los estudios, está contando los euros que tiene para que
le llegue el salir el último finde del mes.
Pues supongo que no son mis
veinticinco años, que no serán mis treinta y que no serán mis cincuenta.
Supongo que esta idea tan sencilla de explicar serán las distintas etapas que
vamos a tener que ir afrontando todos y todas con el paso del tiempo. Etapas
que ya las han afrontado nuestros padres de forma parecida, aunque los tiempos
hayan cambiado.
Que vamos a atravesar etapas, fáciles, difíciles, tristes y alegres. Que hay que ser ambicioso, ir a tu ritmo, mirar atrás solo para aprender y no para arrepentirse. Que todo va a ser una doble cara. Que en una conversación siempre vas a tener la razón y no tenerla. Ser paciente, tragarse el orgullo y dar la razón. Que todo tiene su cara, pues cumplir veinticinco es una putada, pero que cumplir veinticinco también es una pasada. No va a cambiar tu vida un número más en el DNI, pero si miro al Enrique de diecisiete, no es para nada el mismo que el de veinticinco. Y, aunque esté estancado, se que al menos sigo buscando una zona de confort.
Enrique Pérez Gutiérrez
