El infinito. Un concepto que hace alusión a una cantidad sin límite, sin final, lo opuesto a finito. Un concepto que se ha empleado a lo largo de la historia en las matemáticas, en la filosofía, en la astronomía, en muchas disciplinas. Un concepto que hoy en día usamos constantemente.
En Sevilla, mi vista nunca ha
tenido infinito. Siempre se ha topado con alguna infraestructura o paisaje que ha
puesto límites a lo que se puede ver. Distancias que en una ciudad grande son
cortas. Esto es algo que no entiende la gente que ha vivido cerca del mar. Esa
mirada que echas hasta perder el horizonte, hasta confundir el agua con el
cielo.
En Cáceres, en cambio, si te
esfuerzas puedes ver el infinito. No tiene mar ni agua, pero si tiene una
explanada que se alarga y se prolonga tantos kilómetros que hace que el ojo
humano mezcle los colores del cielo con la tierra. Es la magia de la meseta de la península Ibérica, que genera esa sensación de
sentirse tan pequeño, incluso dentro de una ciudad diminuta.
Hace poco me di cuenta de que
llevo sin subir lo que escribo más de un año. El tiempo también pasa
infinitamente rápido, al igual que las personas cambian infinitamente rápido.
Miras atrás y ¡zas! Eras otro. Quizás, creciendo me ha ido dando más igual lo
que piense la gente de lo que escribo y en consecuencia, me ha dado pereza subirlo. Pero es cierto que eso contradice la razón por la que escribo. Y es que resulta que la escritura debe ser sincera.
Debes desnudar tus sentimientos sin importar lo que otros puedan pensar al
leerte. Cada uno puede entender lo que quiera acorde a sus gustos y a mi, lo que
me importa es si me gusta escribir o no.
Escribir es algo finito. Tristemente
no podemos escribir todo y no tenemos tiempo infinito para escribirlo todo. Mientras que
un concepto no tiene límites, el otro, a escala humana, tiene años, días, minutos y segundos que
transcurren lentamente hasta que echas la vista atrás. Y la realidad es que hay muchísimas
ideas, casi infinitas, que se han perdido por no darle el tiempo necesario para
que se mantengan en un soporte. En parte de eso habla la obra de Irene Vallejo
(el infinito en un junco), de como toda la historia de la humanidad habría
podido ser recopilada para la posteridad y tan solo tenemos un cubo de agua de todo un
océano.
Sin embargo, me considero una
persona positiva. Infinitamente positivo. Siempre podemos sacar lo mejor de
nosotros. Tenemos fin, pero las experiencias, los éxitos, las derrotas, incluso
las pequeñas decisiones diarias que tomamos van esculpiendo quiénes somos. Ese
es el momento de mirar al infinito; cuando los humanos nos asustamos, cuando
vivimos en la incertidumbre. Los que tengan mar que miren al mar, los que
tengan tierra que miren el horizonte y los que no, pues miraremos el cielo, o incluso la ropa tendida del vecino.
Reflexionamos de lo eterno, de lo ilimitado, de algo que no tendremos, de algo
que si los dioses existieran envidiarían de los humanos, pues mirar al infinito
es lo que revela nuestro interior. Es la idea de trascender el tiempo y el espacio, de imaginarnos en mil futuros diferentes, ese miedo que despierta en nosotros una sensación de humildad y grandeza.
Claro que voy a seguir
escribiendo. Mis ideas no son infinitas, pero soy un torbellino que no puede
pararse quieto. Claro que voy a seguir rallándome infinitamente en infinidades
de ocasiones. Ni que fuera a pararnos eso. Siempre tendré algo que hacer, y más
ahora que vivo en la incertidumbre. Y claro que voy a subir de vez en cuando
algo de lo que escriba. Aunque últimamente sea más aburrido y personal. Total,
es mi blog, ni que me ganase la vida con esto. El día que me pague un café escribiendo
mis estupideces subiré hasta las recetas de cocina que me hago en un piso de
estudiantes.
