El tiempo, ese concepto que
constantemente ronda nuestra cabeza. Ese concepto tan amplio como el mismo
universo, infinitamente infinito. Una de las razones que guía nuestra vida y que
ha estado presente en la filosofía a lo largo de toda la historia. Ese concepto
que, depende en qué pienses, puede definirse de una u otra forma. Por eso decimos
que no tenemos tiempo, o que tenemos todo el tiempo del mundo. Decimos que el
año se nos ha hecho muy corto, que ayer estábamos celebrando el puente de Andalucía
y que mañana estamos apurando los últimos días de vacaciones de verano. Que hace muy poco tiempo, estaba jugando con mis amigos al escondite en la plaza del ayuntamiento del pueblo. Pero que a la vez, ha pasado toda una vida hasta llegar aquí. Qué
concepto más increíble y maldito a la vez.
Estuve pensando el otro día en
una forma distinta de ver el tiempo, pues aparentemente no es igual para todos
los animales. Y es que resulta, que en un documental de Disney+, de éstos que se
pone mi padre para echarse una siesta, estuvieron hablando de los latidos del
corazón de algunos animales. Qué curiosa forma de medir el tiempo, pues a un
simple colibrí, cuya esperanza de vida que es de unos tres a cinco años, le
late el corazón unas 2500 millones de veces a lo largo de su vida. ¡En tan solo cinco años!
Sin embargo, en el polo opuesto,
a una gran ballena azul, le late el corazón unas 1000 millones de veces a lo
largo de su vida, y eso que vive entre 80 y 90 años. Una esperanza muy parecida
a la de los humanos, o a un elefante, que, en sus 80 años de vida, sus latidos
superan por poco a los de la ballena.
Qué curiosa forma de medir el
tiempo. Medir el tiempo en latidos del corazón. El corazón del humano late unas
100.000 veces al día, que supone unas 35 millones de veces al año. Según la
esperanza del ser humano, el corazón latería unas 2500 millones de veces a lo
largo de nuestra vida.
Si nos comparamos con otros
animales, para vivir más de 80 años, no latimos mucho más que ellos. Los perros
o los gatos, o los leones, los tigres, las panteras y muchísimos mamíferos, que
tienen una esperanza de vida de unos quince o veinte años, tienen una cifra muy
aproximada. El colibrí, casi nos supera, y solo vive cinco años.
Por eso podemos medir el tiempo de una persona en latidos. Cuando hacemos deporte nuestro corazón late más rápido, por eso dicen que los deportistas tienen más años de vida. Al igual que su corazón toca los tambores mas veces. Cuando nos emocionamos, nuestro corazón late más rápido. Cuando viajamos, cuando disfrutamos, cuando sentimos miedo, cuando nos arriesgamos, cuando queremos, cuando hacemos el amor, cuando nos enfadamos, cuando nos examinamos, cuando probamos una comida nueva, cuando sentimos asco, cuando se nos va un ser querido, cuando volamos, cuando nadamos, cuando nos enfrentamos a nuestros rivales, cuando ganamos, cuando perdemos, ¡cuidado que te aceleras! En definitiva, cuando nos enfrentamos a algo nuevo. Cuando vivimos, nuestro corazón late más rápido. Diría incluso que vivir es algo que nos hace viajar en el tiempo, pues podemos superar esa cifra de 2500 millones de latidos a lo largo de nuestra vida. ¿No recordamos cómo sonaban los tambores de dentro antes de presentar el TFG, o en nuestra primera entrevista de trabajo?. O la alegría que nos dio terminar esa ruta de veinte kilómetros y bebernos una buena cerveza a la vera de un árbol. Tampoco me acuerdo nunca de la velocidad a la que suenan los tambores antes de dar un beso, pero seguro que estoy ganando latidos.
No existe el tiempo libre, pues el corazón no para de latir hasta el final. Solo existe el tiempo en el que hacemos unas u otras cosas. Que, tomarse un café con otra persona, cuesta veinte mil latidos, y pueden ser muy pocos, o muchos. Y que todo depende de las ganas que tengamos nosotros y nuestro corazón. Al fin y al cabo, perder el tiempo es perder latidos, pero cuando nuestro corazón late más rápido, cuando suenan los tambores más fuerte, estamos viajando al futuro. Estamos ganando tiempo. Estamos superando esos 2500 millones de latidos.
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